jueves, 21 de marzo de 2013

Nuestra princesa



Estoy esperando impaciente a esa persona que sé que me cambiará la vida. Ya desde que supe de su existencia, ha empezado a formar parte de mí. Y no sólo porque su mamá sea como una hermana, sino porque todos sabemos que llega en el mejor momento. Va a ser recibida como se merece, como una princesa. Nos negamos a aceptar que nuestra niña no vaya a pedirnos un tutú cuando cumpla cuatro años o que no devore libros como lo hace su madrina. Y es que creo que será tan trotamundos como su mamá pero tendrá la dulzura y honestidad de su papá.
Al parecer lleva ya unos meses dando lata. ¡Lo que se mueve! – dice mamá Lucía. Y digo yo: tiene a quien parecerse. Y es que la abuela Mercedes no es que sea muy tranquila, todo hay que decirlo. Tan pronto está en Salamanca con sus tacones y su sonrisa, como se planta en París dispuesta a conocer cada rincón. Y ahora ilusionada anda con nuestra niña, no es para menos, claro. Ya se ha perdido la cuenta de cuántos vestidos dispone nuestra bebé, de cómo va su carrito Bugaboo o de cómo será su cunita. ¡Ay, cuántos paseos, achuchones y besos le esperan! Porque nosotros, de sangre azul no somos, pero a nuestra princesa no le va a faltar amor.

Amigas



Si algo aprendí de tener una amiga vegetariana, es que muchas veces me gustaba más su opción (de comida, claro). Y yo se lo decía, que antes de conocerla ni siquiera me habría planteado que pudiese vivir así. ¿Qué iba a hacer yo sin jamón ibérico? Pero ella explicaba, tímida y dulcemente, como suele hablar, lo beneficios que se obtenía alimentándose de esta forma.
Y esto era sólo una anécdota de nuestro día a día. Nadie puede imaginar lo que enriquece tener una amiga así: con sus detalles, con nuestras penas compartidas, con las ilusiones, con ese deseo de maternidad contagiada, con una forma tan similar de entender el mundo a pesar de las diferencias…
Ahora estando lejos hablamos. Mantenemos una conversación tan a menudo, que casi parece que nos vamos a ver al siguiente día: “en el metro a las ocho”. Y parece mentira la distancia que nos separa, el tiempo que llevamos sin vernos pero lo “cerquita” que nos sentimos. Y es que así es ella, mi amiga.

Parejas



Creo que llegará un día en que tendremos que aprender a asumir la realidad de una relación amorosa. A pesar de que intentemos normalizar determinadas conductas, no podemos evitar reconocer el mal que muchas de ellas provocan.
Existen tantos tipos de relaciones como personas. Sin embargo, en todas ellas reconocemos lo doloroso que supone la infidelidad. No por el acto en sí, sino por la traición que eso conlleva a la identidad de uno mismo. Hay quien prefiere reconocer que eso forma parte de aquello que está construyendo y a quien simplemente, lo omite de su pensamiento. Sin embargo, es una circunstancia concreta que puede ocurrir y que por qué no, podríamos aprender a evitar. ¿De qué forma? Con el diálogo y el amor, ¿cómo sino?
Y es que lo que parece que queremos esconder, es que la infidelidad, es una forma más de violencia. Una violencia camuflada por la apariencia, el desamor y la ingenuidad, pero que es una muestra más de dolor.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Ya tocaba...



Cuando regreses vas a tener que quererme mucho, por el tiempo que yo te estoy queriendo. Habrá que acercar distancias y no sólo físicas. Tendremos que reconciliarnos con quienes fuimos y quienes somos ahora.
Porque la primera vez que nos vimos, éramos apenas unos chicos dispuestos a pasarlo bien. Y nunca fui consciente de cómo eso iba a marcar lo que vendría después.
Tendremos que mirarnos a los ojos, besarnos con ternura y algún “te quiero” tendrá que ser pronunciado. No porque sea obligatorio todo esto sino porque es necesario.